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Picasso/Lautrec: el tamaño no importa (al menos en el arte)

Picasso/Lautrec: el tamaño no importa (al menos en el arte)

Duelo de altura entre dos pequeños grandes maestros de la modernidad en el "Museo Thyssen-Bornemisza".


Separan a estos dos pequeños grandes genios 17 años... y apenas 9 centímetros. El talento de ambos era inversamente proporcional a su altura. Pese a que desarrollaron la mayor parte de sus carreras en París, nunca llegaron a conocerse. Un jovencísimo Picasso llegó a la capital francesa con 19 años, en 1900. Toulouse-Lautrec estaba ya muy enfermo y moriría un año después, antes de cumplir los 37, en el Château de Malromé. La carrera del artista francés solo duró 15 años; la del español, más de siete décadas. Murió en 1973. Sin embargo, son muchas las conexiones, las afinidades –tanto vitales como creativas (temáticas y estilísticas)– entre estos dos maestros de la modernidad, que se miden en el Museo Thyssen en un intenso e inédito duelo en su nueva exposición, una de las citas estrella de su XXV aniversario.


Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec tenía más nombre y apellidos que estatura: apenas superaba el metro y medio. Nació en 1864 en Albi (Francia) en el seno de una familia aristocrática. Su padre, el conde Alphonse de Toulouse-Lautrec-Monfa, se casó con su prima hermana Adèle Tapiè de Celeyran. El pequeño Henri nació con una anomalía congénita, que se agravó con las fracturas en el fémur de ambas piernas que sufrió por sendas caídas del caballo. Ello impidió que sus huesos crecieran con normalidad.


Pablo Picasso nació en 1881 en Málaga. Era más bien achaparradito (medía 1,63). Sus ojos, incisivos y penetrantes, fulminaban todo lo que se ponía por delante (musas y amantes incluidas). De familia de clase media, su padre era pintor y profesor de arte. Llegó a París, junto con su amigo Carles Casagemas, y se instalaron en el taller que dejó libre Nonell en la rue Gabriel. Deprimido por el rechazo de Germaine, Casagemas se suicidó poco después en L’Hippodrome, dejando a Picasso inmerso en un melancólico periodo azul. Se exhibe su sobrecogedor retrato de Casagemas muerto, aún con la huella en su sien del disparo que se propinó.


Un referente


Los comisarios de la muestra, Francisco Calvo Serraller y Paloma Alarcó, han seleccionado más de un centenar de obras de ambos artistas, cedidas por sesenta importantes colecciones públicas y privadas, en las que apreciamos que Toulouse-Lautrec (cuyo trabajo conocía gracias a Casas y Rusiñol y, más tarde, a Gustave Coquiot) fue un referente para Picasso. No sólo en sus primeros años, sino hasta el final de su longeva vida. Un detalle. En La Californie, su mansión en Cannes, tenía, junto al tapiz de «Las Señoritas de Aviñón» que había encargado, el célebre retrato de Toulouse-Lautrec que hizo el fotógrafo Paul Sescau. Nunca se separó de él. Ambos están presentes en la exposición. El primero, excepcional préstamo de Bernard Ruiz-Picasso, nieto del pintor. Cuenta Paloma Alarcó que era tal la huella del francés en las primeras pinturas de Picasso que sus amigos Max Jacob, Guillaume Apollinaire y André Salmon bromeaban diciéndole: «Encore trop Lautrec!» (¡Aún demasiado Lautrec!).


Ambos fueron genios precoces y se marcharon a París huyendo del academicismo. Compartían admiración por El Greco, Degas e Ingres, cuyo «Baño turco» siempre obsesionó al español. También les une el modo de mirar, el dominio del dibujo, su afición por la caricatura, su empatía con los seres marginales, su pasión por el circo y el erotismo... Espléndidos retratistas, Picasso se autorretrató en innumerables ocasiones; Toulouse-Lautrec, apenas un par de veces. En la muestra cuelga el autorretrato que dibujó en 1893 en el reverso de un cartel de Jane Avril en «El Diván Japonés».


En el canalla Montmartre


Los dos jóvenes artistas, rebeldes y con ganas de devorar París, llegaron al bohemio Montmartre de finales del XIX y comienzos del XX –donde corría a la misma velocidad la creatividad, la absenta y la testosterona–; quedaron deslumbrados por sus cafés, teatros, cabarets y burdeles, que solían frecuentar. Escribió Baudelaire: «¡Por fin ha terminado el día! Buenos y malos piensan en el placer y cada uno corre al lugar de su elección a beber la copa del olvido». Toulouse-Lautrec se bebió la vajilla entera: ahogaba su sufrimiento en alcohol. Era cliente asiduo del Moulin Rouge, Le Chat Noir (su anfitrión, Rodolphe Salis, recibía a los clientes vestido de mosquetero) o Le Mirliton, a cuyo dueño y amigo, Aristide Bruant (cantante y empresario), inmortalizó con sombrero de ala ancha, bastón y bufanda roja en un celebérrimo cartel.


Contribuyó al estrellato de algunos protagonistas de la noche parisina con una espléndida galería de retratos presente en la exposición: la larguirucha y escuálida cantante Yvette Guilbert, con sus inseparables guantes largos negros; su amiga la bailarina Jane Avril, cuyos movimientos le costaba coordinar; Louise Weber, conocida como La Goulue (la Glotona), con su pareja de baile, Valentín el Deshuesado... En sus pinturas, dibujos y carteles Toulouse-Lautrec rompe viejas jerarquías artísticas entre alta y baja cultura y es pionero, mucho antes que Warhol y el pop, en incorporar al arte elementos de la cultura popular.


Picasso, por su parte, que en Barcelona frecuentaba Els Quatre Gats (epicentro del modernismo catalán) y el Barrio Chino, también fue un asiduo de los antros más concurridos de la noche en La Butte, la colina canalla de Montmartre: el Moulin Rouge, el Moulin de la Galette, el Folies-Bergère... Casi recién llegado a París logra exponer en 1901 en la galería del todopoderoso Ambroise Vollard. Algunos de los cuadros exhibidos allí, muy «a lo Lautrec», cuelgan ahora en las salas del Thyssen.


El circo y los burdeles Otro de los nexos de unión entre los dos artistas es el circo. Toulouse-Lautrec solía acudir al Cirque Fernando, en Montmartre. Le gustaban especialmente los números ecuestres, una deuda tanto con su padre, gran aficionado a la equitación y la caza, como con Degas y sus célebres carreras de caballos. A Picasso, en cambio, le interesaron más los saltimbanquis, arlequines y acróbatas, vagabundos y seres marginales que veía en el Cirque Médrano y que pueblan sus preciosas pinturas rosas.


Los últimos espacios de la exposición semejan las salas reservadas de los cabarets y burdeles del París de la época, donde la prostitución estaba legalizada. Algunas de las obras maestras de la Historia del Arte están protagonizadas por prostitutas. Es el caso de «Las Señoritas de Aviñón», de Picasso, o la «Olympia», de Manet. Tanto Toulouse-Lautrec como Picasso frecuentaban las llamadas maisons closes y retrataban a las cortesanas pintadas como puertas. El erotismo se cuela en la producción de ambos artistas. Eso sí, en un caso más subido de tono que en el otro. La mirada del artista francés, explica Alarcó, es más empática que la del español. Aquel vivió un año en un burdel de la rue des Moulins. Retrata, cual voyeur, a las cortesanas en su intimidad cotidiana, mientras se asean, juegan o esperan la llegada de los clientes... En muchas ocasiones las pinta de espaldas. Sentía debilidad por las pelirrojas.


Picasso, que no hacía ascos a morenas, rubias, castañas ni pelirrojas, también puebla sus lienzos de prostitutas, incluso en su etapa final. ¿Dónde pintar mejor un desnudo que en un burdel?, se preguntaba Picasso. Razón no le faltaba. Su mirada a este mundo de los bajos fondos parisinos es más violenta, carnal y lasciva, incluso pornográfica, que la de Toulouse-Lautrec. Aunque éste llegó a tener problemas con la policía. En 1892 tuvo que retirar una pintura lésbica del escaparate de una sala parisina. Al final de su vida, Toulouse-Lautrec cambió los burdeles de París por los teatros de ópera de Burdeos. Picasso acabó sus días midiéndose con los grandes maestros: Ingres, Velázquez, El Greco, Degas... y su querido Toulouse-Lautrec.



Fuente : Natividad Pulido; ABC; Madrid; 14/10/2017: Picasso/Lautrec: el tamaño no importa (al menos en el arte)...
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